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Sus compañeros de estudio le llamaban "le bon petit gros Damien" (el buenazo de Damián). Y ciertamente era un muchacho noble, bueno, corpulento y rebosante de energía. Tenía, sin embargo, un fuerte temperamento. Este muchacho se llamaba José de Veuster. En pleno vigor de su juventud, cambió ese nombre por el de Damián, cuando acudió a la llamada de Dios, ingresando en la Orden de los Sagrados Corazones. Aquello fue el comienzo de una aventura que le llevaría lejos, a unas islas perdidas en medio del océano. El Padre Damián llegará hasta el fin con su abnegación empapada de buen humor y de dimensión humana: morirá contagiado por la enfermedad. El Apóstol de los leprosos dejará un recuerdo imborrable en el lector por su carácter a la vez viril y tierno, lleno de amor a Dios y a los semejantes.
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