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Don Álvaro de Bazán, el Invicto, fue, acaso, el mejor marino de la historia. Y la hipérbole no es tal. No sostenemos esta consideración por haberse criado sobre la cubierta de las naos de su padre en la Armada del Mar de Poniente y vencer a una escuadra corsaria francesa en la ría de Muros siendo poco menos que un niño, no. Ni tampoco por, durante décadas, proteger diligentemente las Flotas de Indias. Tampoco por socorrer Orán y Mazalquivir y conquistar el Peñón de Vélez de la Gomera a los temibles corsarios de Berbería y salvaguardar la isla de Malta del yugo del Gran Turco. Ni siquiera por conseguir la victoria en una de las mayores batallas combatidas sobre las olas, la más alta ocasión que vieron los siglos, Lepanto. Solo con esta hoja de servicios, don Álvaro de Bazán entraría con laureles en el panteón de los más grandes marinos, pero si podemos aseverar su lugar en la cúspide es porque revolucionó la manera de entender la guerra naval en el siglo XVI. Fue él quien desarrolló el galeón, que dio a la Monarquía Hispánica la superioridad marítima cerca de dos siglos, y quien tanto influyó en la doctrina a
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