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Lord Henry Wotton contempla «el retrato de cuerpo entero de un joven de extraordinaria belleza» que su amigo, el pintor Basil Hallward, está a punto de terminar. Este cree que el cuadro representa de una forma novedosa «la armonía de cuerpo y alma» y lord Henry, en cuanto conoce al modelo, le dice: «Un hedonismo nuevo: eso es lo que nuestro siglo necesita. Usted podría ser su símbolo visible». Sin embargo, el joven Dorian Gray, al ver el retrato acabado, no puede dejar de expresar un sentimiento de anticipada frustración: «¡Ojalá fuera siempre joven y el retrato envejeciera! Daría ¡daría cualquier cosa por eso!». A partir de este planteamiento, Oscar Wilde, combinando lo gótico con la comedia de sociedad, compuso una novela que desde su publicación en 1891 en forma de libro no ha dejado de sorprender y alimentar múltiples interpretaciones. La progresión tenebrosa del protagonista en su deseo de retener la juventud y la belleza da pie a una atormentada tragedia moral sobre el poder de la conciencia, pero siempre con el contrapunto feroz de las «deliciosas, venenosas, fascinantes y perversas teorías» del «completamente incorregible» lord Henry. El retrato de Dorian Gray es aún una de las más descarnadas reflexiones filosóficas sobre la relación del arte con la vida.
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