En algunas ocasiones las existencias pueden estar erróneas o no se lo podremos conseguir en el plazo señalado. Confiamos en su comprensión y le agradecemos la confianza depositada. Esperamos no defraudarle.
A un aviador se le rompe la junta de la trócola en mitad del desierto, más solo que una farola de noche, y en medio de la inmensidad se le aparece un extraño fistro de bambino que le suelta, así sin más, aquello de «píntame un animal bravido». Y hasta ahí puedo leer, fistro. Lo que viene después es el relato del princhiquito tal como lo recuerda el aviador.
El princhiquito se ha dejado una flor en su planeta y se va por ahí, de asteroide en asteroide, dándose de bruces con un rey que manda sobre todo y sobre nada, un vanidoso más falso que el flequillo del Dioni, un bebedor que bebe pa olvidar que bebe, un hombre de negocios que cuenta estrellas como quien cuenta billetes, un geógrafo que no sabe lo que hay en su propia casa y un farero que no para, ¡al ataquer!
Hasta que en la Tierra un camaleón le regala un secreto que no puede ser más simple, y es que lo esencial es invisible para los ojos. Una historia para fistros de bambino que los fistros diodenales no comprenderán jamás, por la gloria de mi madre. Y no te digo trigo por no llamarte Rodrigo.
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