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Una batalla de infancia convertida en ensayo general de las tensiones de nuestro presente. «La infancia es una ficción.» Con esta declaración de intenciones, Jordi Puntí nos sitúa en el epicentro de la Cataluña industrial de los años setenta, donde el ritmo de los tres turnos de las fábricas y el mercado de los lunes en la plaza definían el mapa de lo cotidiano. En los descampados de las afueras, en calles todavía sin asfaltar, se levantaron bloques de pisos destinados a las familias llegadas de distintas partes. De orígenes diversos, para los del pueblo fueron els castellans, por la lengua en la que hablaban.Entre los hijos de unos y otros nace una rivalidad permanente, un estado de guerra que cuenta con la complicidad silenciosa de los padres. Como en un juego callejero en el que indios y vaqueros se lanzan piedras en los solares vacíos, Puntí traza la geografía de los prejuicios heredados y el miedo a lo diferente. Con una prosa elegante y vivaz, que recupera el olor de las pipas y el eco de la máquina del millón en el bar, el autor gira el espejo de su educación sentimental para extraer una verdad esenci
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