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Hace 800 años, en la noche del 3 al 4 de octubre de 1226, murió San Francisco de Asís en el pequeño santuario de Santa María de los Ángeles. Según la leyenda, los pájaros a los que había predicado estuvieron a su lado, velándolo hasta el momento de su postrer suspiro. Su tránsito tuvo la misma fuerza poética que había tenido su vida entera, una de las más fascinantes y radicales que se hayan visto nunca.El caminar de San Francisco por este mundo estuvo marcado por la misma belleza, íntima y a la vez inmensa, de los cantares de gesta a los que era tan aficionado. El joven que quería ser trovador creció hasta convertirse en uno de los más importantes de la Historia, pero dirigió sus cánticos a Dios y a Él dedicó todos sus actos. Fue el hombre que apareció en los sueños de los papas, santificó la pobreza y la Creación, aplacó al lobo y derritió las nieves para que germinaran las flores. De todos los grandes héroes y santos que dio el Medievo, él, que siempre quiso ser el más pequeño, quizá fuera el mayor de todos. Precisamente por ello, sus enseñanzas trascienden su tiempo y sirven de guía y consuelo en el mome
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