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No, los hombres no somos los enemigos. Como tampoco somos potenciales violadores o depredadores a los que negar la presunción de inocencia, aunque sí somos parte de una cultura que ampara a quienes merecen esos calificativos. El problema reside en una masculinidad, de la que todos somos partícipes con distintos niveles de complicidad, que actúa como dispositivo de poder que sostiene un orden de género solo ligeramente erosionado. De ahí que el proyecto emancipatorio a realizar no sea tanto alumbrar «nuevos hombres» sino desmantelar esa megaestructura que hoy sigue condicionando el ejercicio de la ciudadanía y, por tanto, la realización efectiva de nuestra común dignidad. Una revolución política, cultural y económica, también ética, que habrá de llevarnos a una relectura de las subjetividades y de la democracia que quiebre, al fin, los «pactos de caballeros» en que se fundó el constitucionalismo contemporáneo.
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