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El seísmo que en 1992 produjo en España A sangre y fuego, los relatos de Manuel Chaves Nogales, no ha tenido parangón en la literatura española; su fulgurante prólogo, páginas tan memorables como providenciales, inteligentes y de una lucidez extrema, tampoco: vale ese prólogo lo que cien tesis sobre la Guerra Civil. Su autor, víctima de los dos bandos, que lo condenaron al ostracismo durante medio siglo, ha vuelto a ocupar un lugar privilegiado en la literatura y el periodismo, al lado de los mejores, de Larra a Baroja. Que a los relatos de A sangre y fuego hayan venido a sumarse hoy otros tantos de Guerra total, inéditos en libro, es uno de esos prodigios que raramente suceden. Si detrás de la resurrección de 1992 se hallaba el editor y librero de viejo Abelardo Linares, los sherlockholmianos descubrimientos de estos relatos parecía habérselos reservado el destino solo a él, en justo pago a sus andanzas por hemerotecas y librerías de viejo de medio mundo. Tanto denuedo ha valido la pena: la conmoción que sacudió a los lectores de A sangre y fuego, tendrá continuación en estas páginas, que completan aquellas
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