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Durante una Olimpiada de ajedrez celebrada en La Habana, Bobby Fischer tuvo un encuentro apasionado más allá del tablero. El disidente soviético Natan Sharansky estuvo nueve años encarcelado en un gulag siberiano. Para sobrevivir al cautiverio, jugó miles de partidas en su cabeza. Como Beth Harmon, la protagonista de Gambito de dama, una obra que solo puede entenderse si se hurga en la vida en la herida de drogas y excesos de su creador, el escritor Walter Tevis. El Premio Nobel Ramón y Cajal mantuvo una febril relación de amor y odio con el noble juego. «El ajedrez fue mi único vicio», escribió el padre de la neurociencia. Francisco J. Pérez, tres veces campeón de España, huyó del régimen franquista y se exilió en Cuba, país al que representó en competición oficial. Estos y otros relatos tienen en común el ajedrez, la banda sonora de biografías marcadas por jaques, capturas y amenazas, por escenas heroicas y aventuras extraordinarias. «Manuel Azuaga hace como que escribe de ajedrez para hablarnos de la partida más bella, incierta y apasionante: la vida. Es nuestro Sherezade del tablero: cuenta historias que
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