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Una novela sobre el deber impuesto, las oportunidades perdidas y la fiebre de la pasión: todo lo que no se dice, pero se siente. La condesa Olenska se inclina desde su palco hacia el escenario de la ópera, dejando al descubierto "un poco más de hombro y de pecho de lo que Nueva York estaba acostumbrado a ver, al menos en las damas que tenían motivos para desear pasar inadvertidas". Con ese gesto, se abre una grieta en el mundo de las viejas jerarquías sociales, donde las apariencias pesan más que los deseos. Escrita entre septiembre de 1919 y marzo de 1920 en Francia, La edad de la inocencia consagró a Edith Wharton como la primera mujer distinguida con el premio Pulitzer. Fue también el reconocimiento a una autora que, desde hacía años, retrataba con lucidez y sensibilidad la condición femenina atrapada en estructuras rígidas e hipócritas, como el matrimonio, que ya "no era un puerto seguro, como le habían enseñado a creer, sino un viaje a través de mares ignotos". Wharton fue la gran cronista de un universo que se desvanecía: cortés en la superficie, pero cruel en sus exigencias. "¿Es que aquí nadie quiere saber la verdad? La auténtica soledad es vivir entre todas estas personas tan amables que solo te piden que finjas".
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