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Durante décadas, creímos o preferimos creer que los genocidios ocurrían en la penumbra, ocultos tras la niebla de la indiferencia y la censura, ejecutados con una rapidez brutal que impedía la reacción. Pensábamos que los verdugos operaban en secreto, conscientes de que sus crímenes debían consumarse antes de que el mundo pudiera enterarse. Pero Gaza ha destrozado esos esquemas mentales: nos enfrenta a una nueva y aterradora forma de exterminio. En Gaza, el genocidio no se esconde. Se transmite en directo. Día tras día, el mundo presencia la sistemática destrucción de un pueblo. Hay testigos, hay tiempo, hay pruebas. No se trata ya de un crimen a oscuras, sino de una «solución final» ejecutada ante los ojos del planeta, que observa, registra y no detiene. La tragedia palestina ha adquirido una forma de horror inédita: la sobreexposición. Mientras los judíos del gueto de Varsovia temían desaparecer en el olvido como hemos comentado sin testigos, sin memoria, en Gaza las víctimas anuncian su propia muerte antes de que ocurra. Publican sus nombres, sus rostros, sus despedidas. «Seré el próximo», escriben. Y lo son.
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