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En 1966, en plena Guerra Fría, la historiadora Sheila Fitzpatrick, por entonces una estudiante de doctorado en Oxford, se instala en Moscú para consultar archivos oficiales nunca antes explorados. Tiene 25 años, es tímida y no domina el idioma. Pero la impulsan una avidez intelectual inquebrantable y una incapacidad temperamental para ver las cosas en blanco y negro. Pasa las primeras semanas casi sin hablar con nadie, caminando. No le interesa entrar en contacto con jóvenes fascinados por los productos de consumo occidentales, ni con poetas o artistas disidentes, ni con opositores del gobierno. Quiere conocer a los rusos que no buscan a los extranjeros, saber cómo viven y qué piensan. Y eso hace durante tres años de aprendizaje intenso. En ese universo de sospechas y trampas cruzadas en que la KGB puede acusar de espía a cualquiera, sobre todo a estudiantes como ella, Fitzpatrick sostiene una posición incómoda: se opone a sus profesores ingleses que ven a la URSS como un régimen totalitario y represivo sin fisuras, también a los militantes que todavía creen en la utopía socialista. Con inteligencia y e
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